Es el vino tinto de moda para el consumidor medio. Varios son, a mi criterio, los factores que han llevado a este tipo de tintos de Ribera de Duero, a liderar el consumo y el gusto del público en bares y restaurantes.

Viñedos de Ribera del Duero

En primer lugar quiero señalar la machacona insistencia de muchos “expertos” del vino, que han seguido repitiendo a través de los años, eso de que el vino tiene que saber a fruta. Cuestión ésta bien fundamentada en su origen, luchar contra la prevalencia de hace décadas de los vinos con, digamos, excesiva madera, para recuperar sabores que nos hablen del terruño de origen y de la viña específica. Nada que objetar a esto. Pero el vino es un producto elaborado por el hombre, a  partir del zumo fermentado de la uva, manipulado para el disfrute sensorial, sobre todo gastronómicamente hablando. Por ello, entiendo que el vino debe de ser sensual, acariciante, redondo, un tanto goloso, elegante, complejo en sus esencias organolépticas. Para hojas verdes, mejor los geranios que alegran los balcones con sus flores de colores.

Otro factor determinante en el desarrollo de estos riberas “robles” es, sin duda, el coste. Los vinos de Crianza de Ribera del Duero, que son por donde merece la pena empezar a probarlos, salvo contadas excepciones, son bastante más caros por lo general, que sus homónimos de Rioja, sus competidores más directos. Por ello en Ribera de Duero se inventaron estos vinos de corta y media crianza en madera ¿Para conservar más sensaciones frutales? A otro perro con ese hueso, simple y llanamente porque son más baratos de elaborar.

Y de ahí viene el tercer factor que impulsa la comercialización de estos vinos, el menor coste de producción para las bodegas. No es lo mismo una mercancía inmovilizada en almacenes doce meses, los que pasa el vino de crianza en barricas, más otro tanto, al menos, en botella antes de salir al mercado, que una crianza de tres o cuatro meses.

Hace tiempo que venía dándole vueltas  a estas cuestiones. El detonante para ponerlo negro sobre blanco ha sido, ni más ni menos, la decepcionante experiencia con una cena donde anoche tomamos Viña Sastre Roble 2019. Me dolió doblemente porque, además de no disfrutar del vino, es una bodega a la que le tengo un cariño especial desde hace años y que elabora, por otra parte, excelentes vinos.

Cata de vinos de Ribera de Duero

Actualmente, los “tintos robles” de Ribera de Duero, salvo honrosas y escasas excepciones, me parecen vinos tánicos, punzantes, un tanto ácidos, rasposos en el paladar, en definitiva, poco agradables.

Y lo malo es que Rioja se está contagiando de ese error. En algunas de sus bodegas que, siguiendo esa confusa moda de “vinos con menos madera”, están sacando al mercado productos igual de lamentables que los del Duero. Por ahí he visto alguna nueva etiqueta que me da miedo probar. O como algún “gurú” del vino “moderno” que ha vuelto a casa para, en una versión vinícola de las teorías freudianas, “matar el vino del padre”.

Ojo, que no abogo tampoco por esas viejas crianzas, prolongadas en el tiempo y con barricas de edad, resultando vinos maderizados en exceso, donde el roble lo tapa todo, oye, que también tienen su público y es bueno que existan. Pero no nos hagan creer que lo que es puro marketing y optimización de costes, es por mantener la fidelidad a la vid y al terruño, porque puedo nombrar más de un vino y dos donde, a pesar de pasar un mínimo de un año en barrica, el vino mantiene plenamente su fruta, sus recuerdos de la tierra donde ha crecido, su tipicidad, ganando en elegancia y enriqueciendo sus sensaciones sensoriales.