Hay un dicho que declara que “no hay nada nuevo bajo el sol”, y en Sevilla, por desgracia, padecemos un sol de justicia demasiados meses al año. Esa intemperie nos deja desnudos ante la historia, esclavos de nuestros errores que se repiten con desesperante reiteración a través de los tiempos, o es que quizás yo sea eso que llaman un inmovilista.

Estética setentera, una de las cafeterías Catunambú

En estas cálidas tierras del sur hispano nos debatimos entre la admiración y el odio hacia la “pérfida Albión”, admiración en cuanto su supuesta buena educación y gusto en el protocolo y la conservación de sus tradiciones, materiales e inmateriales, y odio por la persistente jodienda con la que los británicos nos han venido persiguiendo a través de los siglos (ahí está Gibraltar como permanente y vergonzoso recordatorio).

Viene todo esto a que paseando por cualquier villa, pueblo o incluso gran ciudad de Gran Bretaña, podemos apreciar cómo se han conservado tiendas y pubs con décadas, incluso siglos, de existencia. En esta cateta Sevilla, que presume de buen gusto y rancias tradiciones, nos vamos cargando nuestro patrimonio con un poco a poco constante y persistente. Si tiramos de hemeroteca comprobaremos como se repiten con cansina reiteración a través de los años, artículos en los periódicos aludiendo al destrozo causado por tal o cual alcalde, un cumulo de barrabasadas arquitectónicas y urbanísticas a pesar de la cual, y milagrosamente, la ciudad aún puede presumir ante el mundo de su fisonomía, a pesar de casi todo.

Los bares no son ajenos al expolio, sé que es un tema recurrente, por su visibilidad social, pero no por ello, menos doloroso que el derribo de una casa palacio antigua para levantar un cubo pétreo en el que vender trapitos de saldo. Pero hoy no me quiero referir a los que cierran, sino a algo quizás peor, los que son reformados en aras de una malentendida modernidad. Al menos los que cierran, fallecen dignamente con sus barras de madera y viejas vigas intactas, entre el lloriqueo de gentes que hacen años no pisaban su suelo y competiciones de plumillas a ver quién hace la necrológica más castiza (en plan pregón capillita cuya prosa todo lo impregna).

Desaparecido Bar Avenida, hoy una institución bancaria.

Me viene a la cabeza la reciente reforma de un famoso bar del centro de Sevilla, tampoco era nada especial, seguro que en su momento, el anterior dueño, también sacrificó una taberna clásica con su nueva barra metálica y sus blanquecinas y deslumbrantes luces de tubos fluorescentes. Ahora tenemos un bar de tapas que parece una whiskería, luces indirectas, altillos para las botellas de alcohol duro, barra reducida y, por supuesto, algún falso tapiz vegetal colgado.

No pierdo de vista que los bares, no hay que olvidarlo, son negocios privados creados para ganar dinero, lo aclaro porque muchas veces pensamos que tal o cual local es poco menos que un santuario intocable, lamentablemente, por mucho que nos pese, no hay tal, así que tenemos que encomendarnos al buen gusto del propietario o, en el peor de los casos, al reparo que tengan los herederos o los que cojan el traspaso, en deteriorar más o menos el legado.

Hay ciudades que pueden presumir de una ruta de tabernas y bares clásicos, en Sevilla no hay tal, apenas una decena de sitios con sabor autentico (hablo de estética no de gastronomía). Y no digamos ya de los cafés, siempre lo he dicho, me parece que Sevilla es la única ciudad del mundo civilizado donde no subsiste ni un triste café histórico. Pero así es esta ciudad de noveleros y modernitos a la violeta.