Que veinte años no es nada

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Estábamos mi entonces socio, Rafael Blanco y yo, sentados en los tres viejos escalones que marcaban el paso del hall de entrada, el antiguo despacho de Tortas Gaviño, a la nave interior. Mirábamos, por fin terminado, nuestro precioso suelo nuevo de lozas color barro. El sueño iba tomando forma. Por la radio que teníamos para ambientarnos escuchamos un boletín especial de noticias. Un avión se había estrellado contra una de las Torres Gemelas del Word Trade Center de Nueva York.