Nunca saldrá en la guía Michelin o en ninguna parecida, ni habría ido a dar una ponencia a uno de esos congresos gastronómicos donde van todos los “genios”, aunque debería. Se ha ido Alfredo Rodríguez, hijo de Alfredo Rodríguez Villa, el que fuera fundador de El Brillante madrileño en 1951.

No se estila en casi ningún sitio, pero en Madrid es una institución, el bocadillo de calamares fritos, y si este bocata es dios en el “Foro”, el Bar El Brillante es su profeta. El toldo de este popular bar que se encuentra frente a la estación de trenes de Atocha y a escasos metros de la entrada al Museo Reina Sofía, ya es en sí mismo toda una declaración de madrileñismo tabernario, El Brillante y Mahou, la cerveza de la villa y corte.

¿Quién que llegara a buena hora se ha resistido a entrar en El Brillante y comerse ese bocadillo de calamares fritos? Una barra atestada, muchos camareros (ahhh, el servicio de Madrid, que envidia casi siempre) y luz, venga luz y acero inoxidable, la revolución de los bares de finales de los sesenta y los setenta. Y fotos de los platillos, en plan turístico. Horrible estéticamente pero, qué duda cabe, con su punto kitsch, o más cursimente hoy día, con su aire vintage.

Por cierto, hablando del servicio, decía Alfredo Rodríguez: “Prefiero trabajadores de 45 años para arriba porque ya les ha pasado todo en la vida, pero hay que darles un aliciente“, declaraba a Expansión en 2019. Un empresario, un tabernero, según propia definición, que ha dado trabajo a muchos en las últimas décadas.

Rodríguez también creía firmemente en la comunicación, de hecho atribuía la fama de su local a las campañas que realizó en su día: “Antes cuando preguntabas ¿qué es Brillante? te respondían: ‘Gran persona’ o ‘una estrella’. Me gasté 40 millones de pesetas al año en publicitarme y en dos años todo el mundo al que se le preguntaba por Brillante decía ‘el de los calamares’. Comunicar y publicitar son fundamentales para una empresa“. Para que muchos tomen nota.

Finalicemos con los secretos de un buen bocadillo de calamares. Comencemos con un buen pan, de Viena o baguette. Después unas anillas de calamar bien fritas, o sea, en abundante aceite limpio y secadas del exceso de aceite. La mayonesa es optativa, aunque se suele poner, y esta, como en la ensaladilla, es fundamental para conseguir un buen resultado.

Pero finalicemos este artículo con la cruda realidad. Alfredo se ha visto impotente ante la crisis, las medidas decretadas contra la hostelería. Décadas dando trabajo a tantos, décadas haciendo más felices a los ciudadanos. Alfredo se ha quitado la vida tras meses de cierre de su negocio. Descanse en paz.