Bajas por carretera hacia el Sur desde Sevilla y vas paralelo al Guadalquivir, pero no lo ves, está allí, a la derecha, detrás de los pueblos que vas dejando a un lado, Los Palacios y Villafranca, Las Cabezas de San Juan, Lebrija, Trebujena, se va llegando a Sanlúcar de Barrameda, pero el mar no se ve, la luz es deslumbrante, brillan las albarizas y el aire se vuelve más fresco.

El vino reposa y se hace grande en las andanas

Entre el caserío del pueblo, alternando entre las casas blancas, las señoriales de portada de piedra, algún casco de bodega. Estamos en el Barrio Bajo, buscando la orilla, donde acabaremos en la desembocadura del Río Grande, a la izquierda se abre el océano, enfrente la línea verde de Doñana, tan cerca, y a nuestros pies la fina arena de la playa, salpicada de barcas de pescadores, delante de los soportales de Bajo de Guía, donde, después de la pequeña capilla de la Virgen del Carmen, como un extraordinario portal del barrio de los pescadores, se alinean bares y restaurantes donde transforman los productos arrancados al mar en suculentos platos buscados por todos los que allí llegan.

Pescados fritos, tortillitas de camarones, arroces caldosos de mariscos, pescados al horno y a la parrilla, guisos marineros y, por supuesto, su majestad el langostino de trasmallo, ese bocado delicado, suave, suculento, de sabor a mar, con su camisa rayada, uno de los mejores bocados del mundo.

Todo eso, sal marina, yodo, aires de Doñana, vientos de Poniente, aromas de la conjunción del río y el mar, se cuela por los altos ventanales de las naves en penumbra, las persianas de esparto recogidas, la humedad de la noche refrescando el albero de los suelos, la madera de las duelas de las viejas botas de roble. Silencio, calma, frescor… en el interior, calladamente, el milagro del velo flor hace su trabajo. Oro líquido que va adquiriendo sus aromas y sabores característicos. El vino seco, punzante, fresco, las notas de camomila, de almendras, de salmuera.

Arte en el lienzo y en la copa

Brilla el amarillo pálido en el catavinos, apenas unas burbujas levantadas al caer desde la caña, venenciada por la mano experta que ha traspasado el visillo leve de levaduras sin romperlo apenas el tiempo justo de la prueba. Las soleras que añejan los vinos nuevos, las sobretablas que rocían el vino antiguo.

Jerez de la Frontera está a 23 kilómetros, distancia de lomas blancas cuajadas de cepas de Palomino Fino, dos partes del mundo vinícola del Marco, dos vinos hermanos y diferentes, la Manzanilla de Sanlúcar, el Fino de Jerez, dos joyas hechas para unirnos en un brindis cordial y amigable, como somos nosotros, por las riquezas que nos da nuestra tierra, no digo nos regala, porque el sudor del hombre tiene que hacer que la tierra de lo suyo.

Argüeso, Yuste, Barón, Delgado Zuleta, Hidalgo, Barbiana, La Cigarrera, Juan Piñero, Orleans – Borbón, Barbadillo… nombres de bodegas centenarias, de generaciones de familias dedicadas al vino. Alma de nuestras fiestas y ferias, Manzanilla, yo te saludo.