Bocados de realidad sería, en cierto modo, la forma poética de decir gastronomía para tiesos. Viene de la mano de una nueva generación de, diríamos antes, comentaristas gastronómicos, y que ahora son influencers, instagramers, foodies, etc. Personajes anónimos, raramente firman los perfiles con sus nombres verdaderos, que inundan las redes de fotos de platos y ”experiencias gastro”.

Son jóvenes educados en los dulces mundos del Bollycao y los donuts rosas, que no han conocido el bollo con el migajón ahuecado relleno de aceite de oliva o la viena con onzas de chocolate Virgen de los Reyes o La Campana de Elgorriaga. Con el tiempo devienen en parejas que, en buen número de ellas, prefieren no procrear y ahorrar para esa escapadita veraniega al restaurante tres estrellas Michelin añorado.

Sueñan con menús degustación donde cada plato raramente llega a los 100 gramos de material, aunque incluyan no menos de cinco o seis productos en la receta. Pero mientras llegan a eso, se conforman con elaborar rankings con las mejores hamburguesas de la ciudad, las mejores pizzas o, en el mejor de los casos, las mejores ensaladillas o caracoles en su temporada.

Es lo que podríamos llamar ahora la “democratización” de la gastronomía y, ciertamente tiene sus virtudes, pues estos jóvenes de escasos recursos, que en muchos casos no han frecuentado los templos clásicos de la hostelería de su ciudad, nos descubren en cambio las joyas escondidas de los barrios, esos lugares del extrarradio que tienen verdadero éxito popular pero que son prácticamente ignorados por la elite snob de la comunicación gastronómica.

Supongo que como casi todo en la vida, es un asunto de ir conociendo cosas y ganar más dinero, la triste realidad, para poder subir en el escalón organoléptico de sus gustos e ir educando el paladar.

En los vinos pasa algo aún peor. La ola de blancos semi dulces, subproductos gaseosos y frizzantes varios que nos asola, arrasa en las cartas de los… (la verdad no sé cómo llamarlos, bares o restaurantes no me cuadra, gastrobares es pretensioso, en fin…) y en los anaqueles de los supermercados. Me consuelo pensando que esos seudo vinos son la puerta de entrada de estos paladares noveles a gustos futuros más refinados.

Entre unos y otros, es decir, entre los jóvenes que sacian las redes de hilos a propósito de cualquier banalidad y la corte de los privilegiados palmeros de las estrellas de los fogones, está esa mayoría silenciosa, gente común, familias, grupos de amigos, que, ignorando el submundo de unos y otros, buscan el bar de buenas tapas, precios asequibles y, Dios mío qué difícil ya, servicio atento y profesional.