La mañana del Viernes Santo en Sevilla las calles Pureza y Parras, Triana y la Macarena, se parecen más que nunca. Pureza, más larga y con más vida a lo largo del año, esa mañana se agranda para que entre todo el barrio en ella, estirándose desde el Altozano al cruce con Troya, para llegar, en la brisa marinera del amanecer en el río Grande, hasta Sanlúcar de Barrameda. La calle Parras se reverdece con el verde Esperanza, como una maceta de gitanillas recién regada después del frío invierno.

El Rincón de Rosita

Barrios populares ambas, al fin y al cabo, vuelven a ser más barrio que nunca, con el escalofrío del cuerpo un tanto cortado, después de una madrugada en vela llena de emociones. Y nos acordamos de tantos años pasados esperando, recorriendo rincones, mirando aquel balcón de donde sale una saeta, empañándosenos los ojos con la imagen, entre dulce y triste, de los que ya no están, que miran los palios de las dos esperanzas desde su balcón privilegiado del Cielo.

Taberna Gonzalo Molina

Sevilla de contrastes y, a la vez, de complementos. Echamos de menos una buena taberna en la calle Parras, quizás la última calle con carbonería de cisco picón abierta en la ciudad, con la pena de ver apuntalada desde hace años la casa de su esquina con Relator, donde aún está la antigua Bodeguita de Gonzalo Molina, de las codornices y las alitas fritas, con su pedazo de fregadero de mármol enmarcado en un baldaquino de madera tallada, ahí es nada, ojalá no se pierda, ojalá el alma sensible de alguien rehabilite la casa y la vieja taberna con ella. Gastronómicamente Parras da poco más de sí, más allá del coqueto hotel San Gil, lo mejor es que crucemos Escoberos para, andando por la calle Muro, pararnos en la nueva Taberna El Lerele o irnos directamente hasta la esquina con Bécquer para disfrutar de la magnífica cocina de El Rincón de Rosita.

Antigua Confitería Loly

En la calle Pureza la oferta hostelera es más amplia, desde el Altozano, hay bares, tabernas y hasta restaurantes. Y un símbolo del cambio de la ciudad desde negocios tradicionales, que se fueron, esos barquitos y cortadillos de la Confitería Loly, a los nuevos tiempos de gente formada, renovadora, pero sabiendo adaptar la tradición con gusto y calidad, como ha hecho Manu Jara y sus Masquepostres en su preciosa tienda obrador. Acaban de abrir un nuevo restaurante en la esquina con la calle Fabié, El Sella, por el camino, calle abajo, la trasera del Café La Prensa, enfrente La Antigua Abacería, con sus aromas a chacinas y quesos. Cerca ya de la Capilla de los Marineros, dos bares de tapas clásicos, La Cañera de Pureza y Casa Remesal.

Manu Jara

Siguiendo por la acera de la derecha nos vamos a encontrar con la iglesia de Santa Ana, la “catedral de Triana” fundada por Alfonso X, y en su esquina, otro clásico de la calle, el Bar Santa Ana. Más abajo, ya casi llegando a Troya, se vino Emilio desde Umbrete para poner aquí su asador argentino, enfrente, en la misma esquina desde donde ya se ve la calle Betis y se intuye el río, un nuevo bar de comida internacional que fue en su día concurrido local de copas.

El Bar Santa Ana a la sombra de la Parroquia

Poco después de mediodía las puertas de la Macarena y de la Esperanza de Triana se cierran, pero en Triana, la jornada del Viernes Santo no ha hecho más que empezar, porque desde el Patrocinio vendrá por la tarde El Cachorro, cerca del Puente y del Mercado los nazarenos morados de La O estarán esperando su paso. En la calle larga Castilla, bares de la memoria tapera del arrabal, los que están y los que ya no, desde la curva de Alfarería con sus añoradas gambas al ajillo, los carteles de toros que nos acogen en el Sol y Sombra, la añoranza de la taberna Santa Ana en el número 89 de la calle, la antigua bodeguita “El 24” o la esquina de Casa Cuesta, con su gran azulejo de los vapores Sevilla – Sanlúcar – Mar y sus pavías de bacalao, pero esto es otra historia donde tendremos que entrar con más detalle en otra ocasión.