Foto cabecera: Sala de barricas de Bodegas Pujanza

Han sido siempre la parte más noble de las cartas de vinos de los buenos restaurantes, la más distinguida, la más deseada… y la más cara también. ¿Por qué hoy hay tantos hosteleros que dicen que el público apenas pide vinos de Reserva?

Ha tenido que llegar, como casi siempre, alguien de fuera para descubrirnos las excelencias de algo español, en este caso, una prestigiosa e influyente revista norteamericana del mundo del vino, ha distinguido a Castillo de Ygay Gran Reserva Especial 2010 como el mejor vino del mundo del año 2020. Un rioja, un vino clásico, un vino con dos años de crianza en madera. A lo mejor esto ha servido para volver a poner las cosas un poco en su sitio.

Voy a llevar, entiéndanme, un ejemplo al extremo ¿Qué apreciarían más, una recia pared de piedra natural o la Capilla Sixtina? Durante los últimos años ciertas tendencias, propiciadas me atrevería a decir, por sumilleres “demasiado” jóvenes, han puesto de moda los vinos con poca crianza, los argumentos han sido varios y no exentos de buenas razones: que no se oculten las características organolépticas de la uva con la que se elabora el vino, que hable del terruño donde se alimenta y crece la vid, que sea natural… Pero lo que ha hecho grande al vino en su larguísima historia, no es otra cosa que la intervención artesana de la mano del hombre. Lo dicen los bodegueros, con una uva buena es difícil hacer mal vino, a partir de ahí el enólogo, el bodeguero, el winemaker, como dicen los anglosajones, diseñan el vino de sus sueños, y nos lo ofrecen para nuestro disfrute. Por lo de la juventud que no se ofenda nadie, todo lo contrario, creo que tenemos hoy día los sumilleres mejor formados que nunca, pero el vino tiene, como el Arte, como la Opera, sus tiempos, hay que recorrer un camino vital junto a él, ser modesto e ir aprendiendo, y visitar bodegas y catar y hablar con los otros amantes de esta pasión compartida.

Voelos Reserva 2014 acompañando unas Verdinas con boletus y cola de toro deshuesada en la Bodega Los Caracoles (Sevilla)

Pero quizás otro de los motivos por lo que los vinos de Reserva han pasado por una mala racha es bastante más prosaico, simplemente son más caros, obviamente la larga crianza, el cuidado de un gran vino de guarda, la inversión en buenas barricas, el almacenamiento prolongado, encarece el vino, tenemos que saber apreciar lo que pagamos y porqué lo pagamos. Pero mucho cuidado, porque bastantes de esos vinos que hoy se consideran top de gama en guías y cartas, en pizarras y en bodegas de casa, son vinos de reserva aunque no lo ponga en la contraetiqueta. Mucha gente ha dejado de pedir reservas y grandes reservas de prestigiosas bodegas pero, sin embargo, no se casan de elogiar otros, grandes vinos también, que han pasado bastante tiempo en barricas, ahí están los Mauro, los Norte, los Aurus, los Pingus, L’Ermita o los Numanthia, vinos con 18, 22 y hasta 24 meses de crianza en barricas de roble.

Existe también la errónea idea en bastantes consumidores, o al menos así lo alegan, que prefieren un “criancita” porque los reservas les parecen demasiado “fuertes”. Es todo lo contrario, un reserva bien diseñado es un vino que nos mostrará la cara más amable del zumo fermentado de la uva, un pañuelo de seda en el paladar, una suave caricia de complicados sabores que se equilibran y complementan en la boca, un elegante recuerdo al fin que, prácticamente, nos hará cerrar los ojos y desear dar otro trago.

Pensaba yo todas estas cosas disfrutando con unos buenos amigos del último lanzamiento de Carlos San Pedro, ese vinatero de raza de Laguardia (Rioja Alavesa) que hace todo un homenaje a las generaciones de bodegueros que le precedieron en su Voelos Reserva 2014, si pueden hacerse con una botella pruébenlo y me cuentan, yo creo que no se arrepentirán. ¡Ah! por cierto, cuéntenme también que les parece su precio.