Dry Martini

Como quizás yo sea un bicho raro, no he visto la mayoría de las series televisivas que el común de los mortales ha visto. Ahora, con Netflix y HBO en mi tele por cable de pago, he comenzado a probar con algunas de las más famosas, bueno, la verdad es que como tengo menos dinero para salir, gasto más neuronas y crío más grasa en el sofá delante de la pantalla.

Sterling, Draper y martinis

He visto un par de capítulos de Juego de Tronos, lo dejé, no me gusta la Edad Media fantasiosa y pseudo futurista que se puso de moda hace unos años, total, al final es un culebrón más tipo Falcon Crest, pero con capas y espadas, de modales menos refinados, eso sí.

Mad Men es otra cosa. Hombres de trajes caros, fumadores y bebedores empedernidos, reyes de la vida profesional y social en torno a los que pululan mujeres de talles estrechos y tetas generosas. El otro día dos de los protagonistas comían ostras y bebían martinis secos en uno de esos restaurantes lujosos de Manhattan donde las luces son tenues, las conversaciones son a media voz y los asientos bancos corridos y semicirculares que parecen estar pensados para tener una cámara enfrente.

Los ricos, los triunfadores, tienen claro el concepto de maridaje, siempre comida cara y bebida cara. Tengo que probar la combinación, ostras sin medida y ese cóctel que tanto le gusta a James Bond, “removido, no agitado”. Cuando dirigía el recientemente cerrado restaurante Jamaica de Sevilla, un clásico de la ciudad fallecido por el mal gusto que en realidad tienen los ciudadanos de una ciudad que presume de buen gusto, a veces me entretenía en la barra practicando la coctelería. Me encanta el Dry Martini, pero a diferencia de algunos famosos asiduos bebedores del histórico combinado, a mí sí me gusta que el vermut se note en la mezcla, y me encanta la aceituna empapada en el alcohol.

Cena de parejas. Mad Men

En los bares y en los restaurantes de esta pacata sociedad que, cuanto más libre es más restricciones nos impone, se ha perdido el glamour del humo de los cigarrillos rubios americanos, ya no brillan los Ronson dorados a la luz de los apliques de luces indirectas. Se ha ganado en salud y, a qué negarlo, ya no sales de los locales con el olor del humo impregnado en la ropa. Pero los ligones de medio pelo han perdido una de sus coartadas para abordar a una señora, ofrecerle fuego para encender su cigarrillo. En realidad se sigue fumando, pero solo en los reservados de los clientes habituales cuando ya apenas queda nadie, al final, como ven, los ricos nunca pierden sus privilegios.

Don Draper es el azote de cualquier feminista que se precie, hombre de torso peludo, fijador, corbata sempiterna, mirada dominante y desprecio por los seres inferiores, o sea, todos los que ganen menos que él. Trasegar Canadian Club es otra de las virtudes que lo adornan, impagable las mesas de espirituosos, privilegio de altos ejecutivos en despachos forrados de caoba, moqueta mullida y sofás para pensar y acosar secretarias. Porque a Draper le pagan fundamentalmente por pensar, que es lo más productivo que puede tener una empresa, gente que piense en cómo hacer dinero para todos.

Volvamos a las ostras, llamativas bandejas que llegan a la mesa cubierta por los típicos manteles de cuadros rojos y blancos del Oyster Bar, un local centenario que se encuentra en los sótanos de la estación Grand Central, con sus techos de bóvedas y su pregonado “marisco más fresco de la ciudad”. Roger Sterling y Don Draper repiten bandejas de ostras mientras el primero le dice al camarero que no quiere ver el fondo de su copa, una delicada copa de cóctel donde se suceden los martinis secos con su aceituna.

¿Café? No, gracias, tarta de queso y otro Dry Martini, por favor.