palillo

Tomo el “palabro” (“morfologramas”) y el hilo creado por el maestro Manosalbas (maestro de la imagen pero que no es manco tampoco con la pluma, y perdonen el chiste fácil) con su artículo sobre la tiza. Me permito continuar con la glosa y la prosa sobre artilugios y claves de la idiosincrasia propia de lo más clásico (o rancio, si gusta el cogollito de sevillanismo ultra) de nuestras tascas, tabernas y bares, por cierto ¿sinónimos o distintos? (esto para otro artículo).

Variante del caballito de jamón

Antes que nada fijemos lo del palillo, porque nos estamos refiriendo naturalmente a eso que por ahí llaman algunos mondadientes, y que de toda la vida de Dios, en Sevilla conocemos como palillo de dientes, no por ser de marfil (ésta es la gracieta propia de camareros sin gracia a la pregunta de si tienen palillos de dientes: “no, aquí los tenemos de madera” con sonrisa como si hubiese dicho algo ingenioso) sino por su utilidad, o sea, palillo para los dientes (obviamente de madera) como el cepillo de dientes lo es también en función de su utilidad, no del material con el que está fabricado.

Nuestro palillo, lo hemos señalado antes, tiene su hábitat habitual en la taberna tradicional, porque dentro del ámbito hostelero, que yo recuerde, solo hay un palillo con cierta distinción, incluso glamuroso, el que pincha la aceituna del Martini (me refiero al cóctel de tal nombre), pero he aquí una clave del asunto: el palillo tabernario no tiene una función exclusivamente postplato, o sea, limpiadora como si de un picabueyes se tratase, ni mucho menos, sino que es instrumento, a modo de cubierto, para muchas tapas fundamentales de esa pizarra imaginaria con el top tapas sevillano, lo aclaro a continuación.

Fritura

Y en el top de esa utilidad está el ser herramienta fundamental para el consumo de caracoles y cabrillas, herramienta extractora en esta caso. Más, su esbelta y lignaria figura destaca en los expositores refrigerados pinchando los magníficos boquerones en vinagre o sujetando, a modo de rudimentaria banderilla, una aceituna rodeada de un blanco boquerón o una marronácea anchoa.

Un moderno palillo de metacrilato para las cabrillas

Ojo que el tema del palillo también se presta al confusionismo actual con el tema pincho versus tapa, precisamente el pincho (pintxo) toma su nombre del palillo que sujeta el trozo de comida en cuestión a una rebanadita de pan. Y en Sevilla tenemos un pincho de este tipo autóctono y peculiar, el caballito de jamón, tapa casi desaparecida y de, por lo general, grasienta y lamentable ejecución, qué fácil parece pero qué difícil es realizar con maestría un pan frito sin que resulte demasiado aceitoso y más difícil aún conjugarlo con un buen jamón que tenga el toque justo de dorado, sin que parezca uno de esos carbonizados trozos de bacon de los desayunos yanquis. Piensen en un bar que ponga todavía un buen caballito de jamón (pues no, se equivocan).

Chicharrones

Así que el palillo, que evoca imágenes a lo Paco Martinez Soria, con el homo tabernarius hispanicus luciéndolo permanentemente en la comisura de los labios, es actor principal de nuestro mundo de la tapa, no era raro ver en barras y mesas de antaño, junto al servilletero, un cubilete con los mondadientes de rigor, con ellos, se pinchaban las aceitunillas de cortesía, se compartía el taco de bonito del norte o se pinchaba una rodaja de calamar frito. Ahora, como me dijo un día un dueño de gastrobar a la moda: “a mis camareros les tengo prohibido que den palillos, al cliente se le dice que aquí no tenemos de eso”. El progreso queridos míos, el progreso.