Son malos tiempos para las barras de los bares, acotadas con tiza, que es lo más castizo o cerradas con una fea línea de plástico de bandas blancas y rojas, como el escenario de un crimen o como una obra. Algo tan enraizado en nuestra cultura social, las barras.

Apellidos diversos proporcionan las barras a frases más o menos descriptivas, “amigotes de barra”. Vertederos de amor que canta el insurrecto Manolo García, antes “burro (como la calle Alfonso X de Sevilla) y último de la fila”. Amores de barra, cantaban las guapitas pijo – progres Marta y Marilia, las que “bailaban solas”.

Y tras la barra el camarero, ese solitario ser que escudriña con sus expertos ojos, de tanto observar, la idiosincrasia de los parroquianos. La del que toma el café solo por partida doble (solo el café y solo él o ella) dándole vueltas a la cucharilla y a sus pensamientos. Pegando la oreja a las discretas, o no, conversaciones de los políticos, de los empresarios, sabiendo lo que dice una parte y otra y callando socarronamente, con sus ideas guardadas para él. Mirando de soslayo, con una leve sonrisa cómplice y sabedora, a esa pareja que intenta disimular sus amores de días laborables en la esquina más lejana, sin conseguir evitar hacer manitas de vez en cuando, reprimiendo esa pasión de adúlteros de entre semana.

Camareros que guardan un archivo mental de los gustos de los habituales, a quien tutear y a quien no apear jamás del usted y del don. Con sus carpetas de memoria bien ordenadas sobre frases típicas y tópicas de los temas habituales, fútbol claro, cofradías, el tiempo, la política y los gobernantes, tema espinoso donde algunos, con ese senequismo que lleva el ADN del camarero fetén en estos lares, se mojan a veces más de la cuenta.

No meto aquí a los eventuales, a los que están de paso, a los que callan y esperan con ansiedad la hora del cierre, a los sumamente antipáticos (no comparto esa filosofía de algunos “rancios” del elogio sevillano al camarero malaje). Hablo de los que, dentro de que amen o no su oficio, sea por vocación, necesidad o heredado, cumplen con lo suyo de manera ejemplar. Y en estos últimos permítanme que tome como ejemplo a mi paisano trianero Emilio Vara, ese poeta de la barra que va dejando sus pensamientos de viejo observador de la vida en trozos de papel por el bar, como nubes sobre la madera húmeda de la barra.

Ahora están parapetados tras una mascarilla, estoy deseando volver a verles la cara.