El tiempo casi todo lo arregla, al menos en lo que a los buenos vinos se refiere. Tintos que están hechos, en la inmensa mayoría de los casos, para acompañar la comida, que es su mejor destino. Probamos este Hécula Monastrell 2015 hace unos tres meses, ya apuntaba maneras, pero era aún un vino al que le quedaba una punta de agresividad, ahora es un vino cálido y envolvente en la boca, sin aristas, potente pero redondo.

Hécula Monastrell 2015

En una pequeña zona vinícola al norte de Murcia, se encuentra la Denominación de Origen Yecla, una zona tradicional de vinos de España, donde el trabajo de bodegueros como la familia Castaño, han realizado una gran tarea para crear vinos a la altura de los mejores. Las raíces vinícolas de la familia Castaño se remontan a varias generaciones, siendo hoy día unos de  los elaboradores más importantes de todo el sureste peninsular.

Encabezados por Ramón Castaño Santa, sus tres hijos se incorporan en los años 80 a la bodega, revolucionando en la época el concepto de los vinos de Yecla. Vinos que Bodegas Castaño basa en la uva Monastrell, tinta característica de toda la franja levantina hispana. Y le sacan su mejor expresión, tratándola de una manera natural en unos viñedos que crecen a partir de los 400 metros de altitud, llegando hasta los 800, en un clima marcado por características continentales.

Trabajando la viña en Bodegas Castaño (Yecla)

La uva Monastrell crece en unas 400 hectáreas de propiedad familiar. Es la que da cuerpo a este Hécula Monastrell 2015, un vino que ha recibido una crianza de seis meses en barricas de roble (80% francés y 20% americano). El vino presenta un brillante color ciruela, de capa cubierta. En nariz recuerdo el atinado comentario de un alumno de cata mío que, cerrando los ojos dijo: “me recuerda a cuando voy por la carretera de la sierra”, y es que, efectivamente, las notas de monte bajo mediterráneo, la jara, el tomillo y otras hierbas aromáticas, marcan un vino pleno, envolvente, cálido, con la suficiente acidez para que el trago sea placentero. Afloran los frutos rojos maduros matizados por la elegancia de buenas maderas. Los taninos se han pulido y ahora el vino se muestra redondo en boca, pleno, con un grato y prolongado postgusto.