Las fronteras internas de España son, como en tantos países, productos de un momento histórico determinado y, no pocas veces, del capricho político de los gobernantes de turno, según convenga para extraños juegos de equilibrio.
Si nos fijamos en Andalucía, lo que actualmente se denomina Comunidad Autónoma Andaluza, podría haber sido la que es u otra cosa diferente, de hecho, el origen del nombre regional, la demarcación musulmana de Al-Andalus, llegó hasta más allá de Zaragoza.

Pero no es este sitio para la política, sino para la gastronomía que resulta, no pocas veces, uno de esos factores presuntamente identitarios que algunos esgrimen las más de las veces como arma arrojadiza contra el vecino que como elemento de cohesión.

Dehesa con cerdos ibéricos en Higuera la Real (Badajoz)

Por lo que a mí respecta, soy más de comarcas que de otras divisiones administrativas arbitrarias. Creo que la comarca (y no me refiero al país de los hobbits al noroeste de la Tierra Media tolkiniana) es un ente aglutinador y de identidad natural que cruza fronteras ficticias, esas rayas de color trazadas por el hombre en los mapas, e identifica unas características comunes dentro de un ámbito natural delimitado por micro clima, suelos, cultura, historia, rasgos lingüísticos y, cómo no, gastronomía. Podríamos tomar como ejemplo extremo el pirenaico Valle de Arán, pero no nos vayamos tan lejos y fijémonos en una zona como la Sierra de Aracena, hábitat del cerdo ibérico (ojo, i-bé-ri-co), los castañares y las dehesas, comunes a la vertiente de Huelva como a la zona sur de Badajoz, incluso a la llamada Sierra Norte de Sevilla.

Olivo milenario en San Carlos de la Rapita (Tarragona)

Basar la identidad gastronómica regional de una zona que abarca casi 90.000 Km2 y tiene una población de casi 8 millones y medio de habitantes, repartidos en ocho provincias que van desde el extremo sureste al suroeste de España, en el gazpacho y el pescado frito, es un tanto superficial, por no decir frívolo.

Hablamos del jamón, que tan bueno es en Extremadura o en la castellana Salamanca como en Huelva. Otra seña de identidad, el olivo, su fruto la aceituna y el zumo de ésta, el aceite de oliva ¿seña de identidad andaluza? El olivo es un árbol de culto ancestral que identifica la cultura (y la religión) de toda la cuenca mediterránea  desde la Antigüedad y es tan seña de identidad en la gastronomía catalana como en la andaluza. Otro ejemplo, ¿no tiene más que ver la gamba roja almeriense de La Garrucha con el marisco de Levante que con la gamba blanca onubense o el langostino rayado de Sanlúcar?

Decreto de Escosura de 1847

Y lo que vale para los alimentos vale para el vino, no nos vayamos a esos pueblos navarros que están en la D. O. C. Rioja unos y otros no, fijémonos en el Condado de Huelva y en el Aljarafe sevillano o en los vinos de Lebrija, apartados del Marco de Jerez como apestados, teniendo las albarizas y la Palomino Fino igualmente en sus genes.

Dentro de esta diversidad que es el continente en miniatura de la Península Ibérica, las rayas caprichosas del mapa poco tienen que ver a veces con las rayas que la propia Naturaleza ha impuesto en el transcurso de los años. Esas divisiones administrativas provocan incluso el mal disimulado rencor un tanto “envidiosillo” de las provincias vecinas hacia la que ostenta la capitalidad de la zona, como es el caso de Sevilla, de la que algún “experto” en la materia repite de vez en cuando su teoría de que la gastronomía sevillana “no existe”, relegándola en el mejor de los casos al tapeo, yo simplemente le aconsejaría que repasara, que seguro que la conoce, la obra de Juan Carlos Alonso sobre la materia.

Reino de Sevilla en el S. XI

Por cierto que algunos igual no se acuerdan que hasta estuvimos bajo la misma corona en el Reino de Sevilla, pues sí, Sevilla fue reino, cosa que nunca ha sido alguna región que nunca pasó de condado, a veces, bajo la monarquía francesa, otras, las más, bajo la aragonesa y hoy sacan pecho independentista. Bueno, dije que este no es sitio para la política y menos para la confrontación, pero pensemos en las cosas que nos unen en un mundo global y en una Europa, mal que les pese a muchos, que camina unida. En cuanto a las divisiones internas españolas, no hay más que fijarse en los vaivenes y diversas reformas y proyectos que acontecieron en nuestro país en el siglo XIX, para darse cuenta de hasta donde los políticos juegan con las fronteras, que se lo pregunte a los de Albacete.