Los inversores más tradicionales buscan en el patrón oro un valor refugio en tiempos de crisis, un producto seguro y fiable que siempre aumentará su valor, a pesar de las fluctuaciones del mercado. Igualmente, a la hora de organizar una comida tradicional y muy formal, como es la cena de Nochebuena o el almuerzo del día de Navidad, normalmente se aparcan los experimentos culinarios y se apuesta por lo que se sabe que nunca va a fallar, marisco de calidad y jamón ibérico de bellota.
Estos días de Navidad he recibido en mi teléfono, ya ni siquiera creo que haya que aclarar móvil (¿siguen existiendo los otros?) fotos enviadas por amigos y conocidos que, sabiendo de mi condición de comentarista gastronómico, me envían imágenes de sus mesas de Navidad, propias o donde han sido invitados. Pues bien, en casi todas las mesas, por no decir en todas, hay una carencia absoluta de sushi, de tataki, de sashimi, de carpaccios, gyozas, pero no solo eso, tampoco se prodigan ventrescas de atún rojo de almadraba  o lomos (bajos o altos) de vaca rubia gallega. Lo que invariablemente es una constante de todas las mesas es una buena fuente de gambas blancas, de cigalitas o una de langostinos y unos buenos platos de bien cortado jamón ibérico de bellota.

No se tome esto como una diatriba contra la nueva cocina de los bares locales, no, que conozco al personal y luego se sacan las cosas de contexto. Simplemente como la constatación de que hay momentos en la vida, la gastronómica también, en que lo clásico supone un acierto seguro, que sí, que se podrá poner uno un esmoquin de brillo y colorines, pero para eso hay que ser una estrella iletrada del balompié como Messi o Ronaldo. Innovar en las mesas navideñas quizás sea caro y más laborioso, pero sorprender al cuñado con un ceviche de pez limón quizás no sea lo más idóneo para mantener la difícil armonía con la familia política en días tan señalados.

La Navidad, para los que pueden, es el momento del percebe, del langostino tigre de Sanlúcar y de la gamba blanca de Huelva. Tampoco hace falta caer en el esnobismo del caviar y la langosta. Y es el momento de esa fuente tan patriótica del jamón y la caña de lomo, alternando su tono encarnado con el gualda de un buen queso curado zamorano.

Y después de los entrantes, donde hasta se permiten los rollitos de lomo de Sajonia con huevo hilado, todo es tan fácil como elegir entre carne o pescado, o probar ambas cosas ¿por qué no? Y para eso está el besugo, el rodaballo o las más humildes lubinas y doradas. En cuanto a la carne, si uno no es de pavo, hay toda una gama de ricas aves que meter al horno o esos maravillosos brazuelos de cordero, solomillos rellenos y hasta el Wellington que los chef televisivos han puesto de moda este año. Lo mismo pasa con las bebidas, como el vino principalmente, pero eso ya es otra historia.

¡Feliz Navidad!