bocadillo
Fotografía: M. Manosalbas

La otra noche tuve la fortuna de volver al cine de verano, a casi el único que queda en Sevilla capital (instalan otro en el CICUS universitario, muy cerca por cierto), gracias a la Diputación Provincial, que monta un gran cine en su patio del antiguo gran cuartel de Intendencia, donde dicen, por cierto, que se pasea algún alma en pena por las noches (y no me refiero a ningún funcionario aburrido, sino a un ser ectoplásmico  que dicen vaga por las viejas estancias del edificio).

Bocadillo de tortilla

El aforo del cine de verano de la Diputación es amplio, a 4 euros la silla, no está mal para cubrir gastos, ya que suele casi llenarse cada noche. Al fondo hay una amplia carpa para avituallamiento del público, donde te puedes agenciar un tradicional y muy sevillano montadito de melva, eso sí, con la mayonesa aparte (como diría Sally/Meg Ryan) en un sobrecito de esos de hamburguesería, o también un imperialista hot dog de yanquis maneras.

Es increíble lo que puede llegar a engullir un espectador de cine en el transcurso de una película, hasta mi silla llegaban los olores de cortezas de maíz, de patatas fritas diversas y, lo peor, el ruido constante de bolsas, paquetes y demás recipientes de grasientos snacks y aperitivos diversos de dudosa composición alimenticia. Al ruido constante de las filas contiguas, se sumó el numerito de la señora que se sentó a mi izquierda, merece relato aparte.

Solo quedaba una “butaca” (es un decir) en mi fila, la esquina izquierda justo a mi lado. Ya con las luces apagadas (es otro decir, la contaminación lumínica era notable) llega una señora cargada con gran bolso, rebequita para el relente y no sé qué cosas más. De entrada ya me impactó (negativamente) un fuerte olor a colonia intensa de “azahar” (supuestamente), pero con ser ya una agresión dicho perfume a mis finas pituitarias, la buena señora, que por cierto llegó queriendo entablar conversación (ya estaban dando algún tráiler de película) sobre la huelga de taxis, supongo que para justificar su llegada de última hora. Bueno, como yo no fui más allá de un “buenas noches, sí, está libre el asiento”, siguió a lo suyo. Primero sacó una fiambrera de plástico transparente que al abrir desató un infierno de olores a vinagreta extraña, agresiva y repugnante, para continuar después con uno de esos consabidos paquetitos de no sé qué ruidoso aperitivo, ella lo agravó porque, con un afán de molestar lo menos posible, lo abrió muuuuuy lentamente, con lo que me entraron ganas de cogerla por el cuello como si yo fuera Homer y ella Bart Simpson.

Bocadillo de atún

El caso es que la media de edad del público estaría por encima de los 45 años, o más, quizás también porque la película no tenía “efectos especiales”. Por cierto gran película tres cuartas partes de la cinta, con un, como siempre, gran Daniel Day Lewis, lástima que al final la cosa degenerara en melodrama edípico y un tanto sado-masoquista soft. Pero está visto que las viejas generaciones han sido también abducidas por la nueva alimentación retractilada.

Como reconocido gourmand (sí, sí, gourmand no gourmet. Repasar al respecto las definiciones de Harry Schraemli en su Historia de la gastronomía, Ediciones Destino 1982) no tengo reparos en reconocer que me he alimentado alguna noche de un bocadillo de salchichón con pan untado con mantequilla, ojo, pan, no rebanadas de molde.

Pensaba en ello la otra noche cuando en la cocina de mi casa se estaban friendo unos filetes adobados y se me ocurrió, en vez de cortarlos a cuchillo en mi plato, meterlos entre dos panes, empapando ligeramente estos con un poco del mismo aceite de la fritura ¡qué cambio! En vez de esos delgados filetes de corte regular que ahora venden en todas partes, cerré los ojos para evocar aquellos bistecs de carnicería que preparaba mi madre en bocadillos,  para llevar al cine de verano, al fútbol o a la playa (en este caso versión empanados).

Bocadillo Jamón Ibérico

Recuerdo otro episodio, no hace mucho, de unos obreros que vi en su tiempo de descanso de media mañana, sentados al borde de una obra en un edificio del centro de la ciudad. Ni un solo bocadillo, Tupperwares de las cosas más insospechadas, los inevitables paquetitos de aperitivos industriales, alguna fruta, Dios mío, ¡si hasta había uno comiéndose una ensalada!

Esos bocadillos de calamares madrileños, esos bocadillos de mejillones o sardinas de lata que tanta hambre quitaban en la mili, esos bocadillos de chorizo, salchichón o queso en los recreos de los colegios, ese pan con chocolate, o con aceite de oliva de las meriendas jugando al fútbol en la acera o en la plazoleta del barrio, ese bocadillo tibio y suave de tortilla a la francesa. Y ese bocadillo al que todos aspirábamos algún día, el de jamón serrano.

La incertidumbre, en el patio del colegio, al ir retirando junto a los dos o tres compañeros que hacían lo mismo, el papel de “plata” del bocadillo, el suspense, el temor a que fuese de insípido chopped pork (ese fiambre ya moderno), el intercambio: “¿De qué es el tuyo?. “Bufff, del queso ese apestoso que le gusta a mi padre”. “El mío es de chorizo con Tulipán, te lo cambio”.

¿La globalización mató al bocadillo?