La sirena de la cercana factoría de Construcciones Aeronáuticas nos puso en alerta, como todos los días de colegio, ya solo faltaba media hora para la salida. Mientras los obreros de la fábrica de San Jacinto tomaban su bocadillo de almuerzo, Don Emilio se afanaba en la pizarra en hacernos entender una derivada.

La reina croqueta

El zócalo mediado de azulejos vidriados de Triana, el poyete de obra sobre el que se encontraba la mesa de los profesores… y la pizarra, el encerado, como decía Don Mariano, el profesor de Formación del Espíritu Nacional (FEN para los amigos). El cadalso donde la mayoría de la clase las pasaba canutas cuando era reclamado para preguntarle sobre la lección del último día. Desde allí arriba uno se encontraba solo y expuesto, ante la mirada burlona de los treinta y tantos compañeros y la inquisidora espera del profesor a tus respuestas. De soslayo, uno miraba a los empollones de la primera fila, implorando con la vista una subrepticia ayuda.

La campana liberadora y a casa a comer. Mi compa y yo enfilábamos por Santa Cecilia arriba, él camino del Turruñuelo, yo más lejos, hasta la calle Castilla, muy cerca del Patrocinio. Así que desde la esquina de Evangelista, me iba solo. Antes, los dos, esperando ver de un momento a otro a las niñas de La Milagrosa, que salían a la misma hora, bajando algunas en dirección contraria, con sus faldas de tablas que algunas se remangaban un poquito, sin que las viera la monja portera, con sus calcetines blancos y esa parte de los muslos al aire, limpios, tersos, sonrosados por el frío, y esos pechos incipientes debajo de la blusa crema y el jersey verde de pico.

Croquetas modernas redondas

Ya por mi acera pasaba delante de la Bombilla, una taberna de un montañés, como tantos que llegaron en la posguerra, el viejo local de Casa Ruperto, que se fue a la nueva barriada un par de años atrás, todavía parece que olía al pasar su jazminero, en un patio con un rano de hierro, donde los parroquianos intentaban colar las fichas por la boca del bicho de fundición. El supermercado de Medina, donde me gustaba ver las latas alineadas, de salsa de tomate, de leche condensada, todo ordenadito y bien colocado, y la farmacia, con sus olores a jabón Lagarto, a Zotal, a esparto.

Y al entrar por el zaguán el inconfundible aroma del puchero de mi madre, le echaría ese día fideos finos o gordos, a veces con arroz. Me gustaba mucho el puchero de mi madre, pero no solo por los dos platos que me

comía, primero los garbanzos y luego la pringá, sino también porque el día que descubría ese aroma ya sabía

Y las de jamón…

que al día siguiente haría croquetas. Me deleitaba pensando en el bocado, primero la capa marrón, crujiente, luego una bechamel sabrosa, cremosa, ni líquida ni sólida, donde se entreveraban, no demasiado picadas, más bien en hebras, las carnes roja de vaca y blanca de pollo.

Esa croqueta era la síntesis perfecta de los dos platos del día anterior, allí se condensaba todo, la calidez acogedora y reparadora del caldo del puchero, la sabrosa presencia de los garbanzos y el cierre castizo de la pringá, todo en dos bocados excelsos y maravillosos.