Destapando a la tapilla
Foto principal: Cerdo teriyaki con cus cus (Bar Errante)

Tras publicar la primera parte de este asunto escribo desde las tripas de una de las ciudades emblemáticas del dilema, Almería.

Quiero llevar a cabo un experimento con la temida tapilla como protagonista.

Chiringuito Sonia y Beni

Almería, Agosto, 2017. Tras llegar a Cabo de Gata, localidad que conozco bastante bien, observo, en mi primer paseo, que hay un par de sitios nuevos. Aún así me dirijo al eterno Bar Mediterráneo, cerca del fortín deshabitado de la Guardia Civil y pido una caña y de entre todas las tapillas que me sugieren elijo jibia en salsa (muy rica) pago 2,50€. Hay gente en la barra y en las mesitas. Un público local, variopinto y animado. Compruebo, por los comentarios, que siguen pensando que la tapilla va incluida con la cerveza (error) una caña, literalmente, jamás podría costar ese precio sola y menos en un pueblo como este. En fin…

Tapilla de quiche (Errante)

Después me dirijo al final del paseo. Sonia y Boni es un gran chiringuito que abre en temporada, espacioso y bien montado en el que caña y tapilla cuestan 2,40€. La que pido es bacaladilla (como una pijota) perfectamente rebozada y frita en su punto pero de calibre 7,62. Enorme. También me han ofrecido lomo, migas o boquerones…elijo ésta, la consumo y me voy paseo abajo a continuar la “rutilla de la tapilla”.

Tras recorrer unos metros me centro en un bar chiquitín, El Errante del Cabo, muy concurrido, con buena música y buena pinta, de estilo diferente a todos, donde sirven un quinto de cerveza con tapilla también por 2,50€.

Bacaladilla (Sonia y Boni)

Lo regenta una pareja encantadora, Belén Ibáñez, bióloga argentina y enamorada de la cocina internacional, sobre todo la peruana, que abrió este establecimiento con José Rebolloso, su pareja, hace aproximadamente dos años. Aída, la cocinera, ejecuta y monta en la cocina, los platos de la peculiar oferta de la casa. Sirven como acompañamiento a la birra o la bebida, platos inusuales como el chile con frijoles y nachos, sabroso, el pollo teriyaki con cus-cus o un pastel, “quiche” de calabacín, muy fino, que marcan la diferencia culinaria con todo lo que les rodea.  Esto, la diferencia, se aprecia en su clientela, joven y

Tapilla de Papa a lo pobre (Mediterráneo)

casual, que busca algo más que patatas a lo pobre, morcilla, y las opciones que antes hemos nombrado, por supuesto sin intención de desmerecer. Ellos me han comentado que la tradición de “incluir” la tapilla en el precio de la bebida es una tradición nefasta que no favorece en nada al negocio en general. Que esta costumbre es un lastre económico que cada día pesa más en la gente joven que quiere ofrecer más variedad y que es muy difícil competir con sitios clásicos que, además, comienzan a servir platillos de tamaño desproporcionado. En definitiva, las cuentas salen a duras penas.

Cherigan, ensaladilla Tapilla de Raya Frita

Muy cerca de éste bar se encuentra El Cabo, uno de los mejores sitios para, al atardecer, contemplar la maravillosa puesta de sol de Cabo de Gata. La estrella de sus tapillas es el popular ”Sherigan”. Un bocadillo alargado de tamaño medio, planchado y relleno de lomo y salsa o jamón de York y queso, o atún y ali-oli que te deja listo de papeles a la segunda cervecita.

Tras este intenso recorrido ¿a qué conclusión llega uno? Muy simple, para qué pagar por comer cuando aquí te lo dan gratis.

Y retomamos el hilo de la discusión inicial. ¿Contra qué tradición pueden luchar los cocineros de hoy para dignificar su labor cobrando por su trabajo y su cocina? Difícil solución. Por ello apuntaba en el primer episodio de esta controvertida cuestión: Todos deben poner de su parte, y en primer lugar la administración, para abrir una senda de diálogo entre la tradición y la modernidad y que ambas corrientes caminen en sintonía. Y me parece a mi que eso sólo se consigue educando al público en uno y otro sentido. Y vosotros. ¿cuál pensáis que es la solución? (si la hay)…