Muchos no lo conocerán, un sitio escondido en pleno centro de Sevilla, en esas callejas que, trazado medieval en la memoria, dan vueltas y revueltas entre lo que era la antigua muralla de la ciudad y su centro. Era Casa Eugenio, en la calle Arapiles, me llega la noticia gracias a uno de esos queridos cronistas que nos cuentan la ciudad cada día, Antonio Sánchez Carrasco.

Estanterías vacías en Casa Eugenio (Foto: Daniel Santos)

Casa Eugenio era una muestra cabal de ese tipo tan característico sevillano de taberna, mitad bar y mitad tienda de ultramarinos, siendo una mitad la que abastece a la otra de buenas latas, chacinas y otras viandas, además de botellines fríos e, incluso, en Casa Eugenio, lugar de gin tonics de tarde.

Eugenio Santos es de esos taberneros del “malajismo” sevillano, sin prisas, pocas sonrisas y las palabras precisas, eso sí, buen género, como las tajadas de pescada que te freía en sartén casera sobre la marcha y otros pescados perfectamente pasados por aceite de oliva, la especialidad, albóndigas o unos evocadores bistecs empanados. Eugenio le dio continuidad a una tienda de ultramarinos que fundó allí, cerca de la Puerta Osario, el soriano Jesús Hortal, que se pegó la friolera de 40 años con el negocio, y a quien Santos ha superado llegando al medio siglo de barra y caña bien tirada.

Trastienda de Casa Moreno (Foto: Manolo Manosalbas)

Hoy se ven desnudas, la foto nos la facilita su hijo Daniel, las estanterías de madera pintadas de blanco, que antes tapaban tambores de lata de melva y caballa La Tarifeña, de botellas de Anís Castellana y Brandy 103, entre tarros de alcachofas y espárragos y otras mercaderías que, como mandan los cánones, no dejaban hueco de la tienda sin tapar.

El tirado de cerveza, la vieja registradora y la puerta a la tienda en Casa Palacios (Foto Curro Donaire)

El tirado de cerveza, la vieja registradora y la puerta a la tienda en Casa Palacios (Foto Curro Donaire)

El cierre de Casa Eugenio nos trae a la memoria otros establecimientos parecidos que el viento se llevó, unos perdidos para siempre, como el mítico Cepejón de la calle Chicarreros, Casa Francisquito en la esquina de Zaragoza con Doña Guiomar, también en Zaragoza estaba, en la esquina donde hoy vende sus fantásticos helados Joaquín Liria, La Gloria de España (glorioso nombre vive Dios), su parte de bar era el Rosita. Otros han devenido en bar de categoría como Trifón o El Rinconcillo.

Pocos son los ultramarinos con despacho de degustación que subsisten, como Casa Moreno en la calle Gamazo y Casa Palacios en la calle Porvenir, dos pequeños paraísos que debemos conservar de la mejor manera posible, o sea, frecuentando sus barras a menudo, porque, no nos engañemos, los negocios subsisten si tienen clientes que se dejen el dinero, lo demás es inútil poesía.