Por IKER MORÁN.-

Periodista especializado en fotografía, tecnología y gastronomía. Profesor colaborador en la Diplomatura de Postgrado de Fotoperiodismo. Universitat Autónoma de Barcelona. Durante los últimos 14 años ha sido el responsable de las pruebas técnicas en Quesabesde, combinándolo con la docencia y colaboración con otros medios.

Cofundador de la web especializada Photolari, un lugar de culto y referencia para los amantes de la fotografía y su constante devenir. Analista incansable de las nuevas tecnologías fotográficas, tiene la suerte de probar y comprobar las novedades del mercado en riguroso directo.  Colaborador de la sección de Gastronomía de La Vanguardia, La Gulateca y 20 minutos.

Con lenguaje claro y conciso aclara dudas y aporta conocimiento y esta vez nos deja unas reflexiones (eternas) sobre este caso tan recurrente a día de hoy: el robo sin escrúpulos y uso indebido de las fotografías de otros. De obligatorio seguimiento.

Si las fiestas navideñas son algo así como “el día de la marmota” -con sus tradiciones y sus frases repetidas año tras año- hay ciertos temas del mundillo fotográfico que son también de lo más recurrentes y repetitivos. El robo de imágenes y esa absurda idea de que las fotografías son gratis es, sin duda, la joya de la corona.

Foto de M. Manosalbas

Uno de esos temas que, desgraciadamente, nunca caducan.Da igual el año que pongamos aquí porque si hay algo seguro es que en 2020 seguiremos hablando de lo mismo. Es caso es que en 2015 -cuando estos párrafos fueron escritos para un medio que ya no existe- o ahora en 2017 es posible decir exactamente lo mismo sin que haya caducado. Es más, posiblemente haya empeorado.

Y que tengamos que seguir con este tema sobre la mesa es posiblemente la mejor prueba del respeto que se le tiene a la fotografía y a la profesión. Y no es el típico lamento de ese fotógrafo mal pagado o recién reconvertido en falso autónomo –un saludo a vuestra familia, empresarios y emprendedores-, sino algo bastante más triste que trasciende de lo meramente laboral.

Somos capaces de enviar cámaras a hacer fotos a Marte, tenemos relojes inteligentes, gafas de realidad virtual e incluso somos tan modernos que tapamos los botones de las cámaras para que nada perturbe nuestro arte.

Hablamos de posfotografía, de la profundidad de color y el alma de los RAW, de la deontología del fotoperiodismo y de si el palo de selfies debería o no ser considerado arma de destrucción masiva. Sin embargo entender algo tan simple como que las fotos no son gratis se ve que no estaba en el guion para este siglo.

Es un debate tan cansino que ni siquiera hay debate posible. ¿Puedo coger esa foto y usarla? No. O mejor dicho: ante la duda, la respuesta es un no en mayúsculas. En algunos casos es posible que se pueda, que el autor te dé permiso, que la licencia con la que ha sido compartida una imagen lo permita… Pero si no sabes si puedes o no usar esa foto para tu negocio, posiblemente la respuesta es no.

Pero si la gente comparte las fotos es para eso, repite desde hace décadas algún iluminado. En realidad no, y si te pararas un minuto a pensarlo y aplicaras sentido común, sabrías que ese razonamiento no se sostiene por ningún lado. Mostrar tu trabajo no es regalarlo. Compartirlo no es darte un cheque en blanco para que hagas negocio con él. ¿Verdad que es fácil de entender?

Porque ahí está muchas veces la clave. Si te descargas e imprimes esa foto del vecino del cuarto o de Ansel Adams para ponerla de fondo de escritorio o en tu mesilla de noche, no es que no pase nada (igual tampoco se puede), pero, entre tú y yo, nadie se va a enterar.

Foto de Manolo Manosalbas publicada sin permiso en un diario digital

El problema es cuando alguien pretende ganar dinero a costa de las fotos de los demás. Da igual que sea un periódico que pide fotos gratis –pagar una miseria es casi peor que gratis, por cierto-, los que ofrecen prestigio a cambio de trabajo o si eres un artista que usas fotos ajenas de Instagram para crear tus conceptos que luego venderás a cuatro coleccionistas siempre atentos a la última tendencia idiota. Está feo, no se puede y ojalá pilles con un fotógrafo con mala leche, tiempo libre y un abogado para que te cruja.

La gente puede hacerlo en su casa, nos explicaban los creadores de una polémica máquina pensada para que cualquiera puede imprimirse una foto de Instagram al instante. Cierto. Pero es el negocio que hay detrás lo que convierte algo que cualquiera puede hacer en su casa en una broma de mal gusto para los autores de las imágenes.

¿Verdad que con una foto de Magnum –por poner un ejemplo conocido- no os atreveríais? Y sabemos de lo que hablamos porque aquí todos estamos expuestos a meter la pata y recibir una llamada que cuestiona el uso de unas imágenes, por mucho que intentemos explicar lo del derecho a cita.

Ojalá algún día cale hondo la idea de que las fotos, como cualquier otra creación, hay que pagarlas. Aunque seas un circo y consideres que con dejarte entrar a fotografiar ya estás haciéndolo un gran favor al fotógrafo de turno y tienes luego derecho a pedirle las imágenes.

Siempre queda la duda de si todo esto ocurre por simple desconocimiento o se trata del muy habitual desprecio por el trabajo ajeno. Aunque puede que todo sea mucho más sencillo. Claro que lo entienden perfectamente, pero es más fácil y rentable situarse en el “si cuela, cuela”. Es que yo no sabía nada, señoría. ¡Pues haber estudiado!