Se ha generado estos días en las redes sociales sevillanas, un acalorado debate sobre el presunto, utilizaremos el lenguaje actual políticamente correcto, chantaje que un bloguero gastronómico realiza a los bares y restaurantes locales que rechazan sus servicios de pago.

Al principio entré, de manera personal, porque yo siempre uso mi nombre y apellido (y hasta foto) en el hilo del asunto, para decir que el aludido, sea quien sea, porque aquí nadie se atreve a dar nombres, si es verdad que hace lo que dicen que hace, practica un equivocado y casi delictivo sistema que perjudica notablemente a todos los que nos dedicamos a la comunicación gastronómica.

La acusación es la siguiente: Se dice que el bloguero en cuestión publica críticas más o menos buenas de locales que visita, después habla con el propietario del local para argumentarle que su reseña es seguida por cientos de personas en internet, que su trabajo le puede reportar aún más difusión al local y que le pasa presupuesto para un proyecto de comunicación. Hasta aquí nada que objetar, estamos en un sistema de economía de libre mercado donde cada cual pone precio a su trabajo con libertad. El problema viene cuando los servicios de pago de este bloguero no son aceptados por el empresario hostelero, entonces, según los que han lanzado las acusaciones, se dedica mediante varios perfiles creados con seudónimos, a realizar muy malos comentarios del local en redes sociales y portales como el problemático TripAdvisor.

El primer problema entiendo que es demostrar fehacientemente que esos perfiles anónimos que hacen malas críticas se corresponden con el tal bloguero, aunque la coincidencia de la publicación de esos nefastos comentarios, por cierto y según he podido comprobar, escritos con muy mala literatura (quizás para simular perfiles populares), parecen indicar que así es.

El segundo problema es que en todo este lío se abusa del anonimato, uno de los principales errores, a mi entender, de las redes sociales y de cierta prensa en general. Nadie, en toda la tormenta desatada, le ha puesto nombre al “acusado”, es más, el último episodio del caso es la publicación en dichas redes, ese vertedero de mierda en que se está convirtiendo Twitter sobre todo, de un supuesto comunicado de “muchos cocineros de la ciudad”. Este comunicado, de extraña apariencia y nefasta ortografía, tampoco lo firma nadie conocido, por lo que su denuncia tiene la misma fuerza que una escopeta de plomillos (que se decía en mis tiempos).

Dejando a un lado este caso concreto, me gustaría dar mi opinión acerca de las posibles causas que generan determinados problemas en el mundillo de la comunicación gastronómica actual. Internet ha propiciado que todo el que quiera dar su opinión sobre cualquier tema, es libre de hacerlo, se crean millones de blogs o se gritan opiniones y comentarios a los cuatro vientos desde Facebook y redes similares. Nada que objetar, aunque nos toque sufrir las paridas del primer ocurrente que se tercie. La gastronomía no es ajena a este fenómeno, muy al contrario, es uno de los terrenos donde más abunda esa variada fauna llamada blogueros, instagramers, influencers y otros “palabros” de estirpe sajona. A los poderes fácticos les viene de perlas que la juventud esté entretenida con cosas como la gastronomía, la moda o el fútbol, así ellos siguen a lo suyo (joder al personal en provecho propio) sin mayores molestias.

Así la cosa, en los últimos tiempos estamos hartos de acudir a eventos gastronómicos, llenos de jovencitos barbudos tipo hipster, parejitas monas con su camarita y simpáticos y graciosillos de nómina más pendientes del selfie divertido que del plato en cuestión. El problema viene cuando a todos estos aficionados, tarde o temprano, se les ilumina la bombilla y piensan que quieren y pueden ganar dinero con su blog donde le cuentan a los amiguetes lo súper fashion que es el último bar de esa cadena que ya tiene cinco iguales. Todo ello con los más peregrinos seudónimos y, en la mayoría de los casos, con una falta de preparación profesional absoluta. Es como si todos los aficionados que van a un campo de fútbol quisieran escribir en el MARCA.

No se me cabreen mis amigos blogueros porque saben algunos que los aprecio como personas y como comentaristas del mundillo. Además, en parte, esto es así porque ellos cubren un hueco que la prensa tradicional ha abandonado. Curiosamente la gastronomía está más de moda que nunca, hay programas de cocina por doquier y los empresarios de comunicación saben que hay un filón en ello, sin embargo, en lo que a los medios de comunicación locales se refiere, ninguno quiere pagar a profesionales de la materia.

Analicemos por ejemplo la prensa en papel de Sevilla: El de las tres letras es uno de los que apuesta por el anonimato, en Madrid tienen a uno de los periodistas gastronómicos más reputados del país, pero el gallo no quiere competencia en el corral, así que el monárquico diario ha creado, a la fuerza ahorcan, una web con varios perfiles de ridículos seudónimos donde emplean un lenguaje estándar destinado más al posicionamiento SEO que al riguroso comentario profesional, además, aunque los hosteleros se hinchan cuando salen en este medio, es vox populi que solo sale el que paga. Por otra parte, también anónimos, mantienen a sus cronistas de los sábados, que practican ese lenguaje folclórico-costumbrista que tanto ha marcado en la casa y que agrada tanto a los lectores más “rancios”.

La competencia ni siquiera tiene personal especializado en gastronomía, becarios o quien pase por allí, a muchos encuentros gastronómicos envían a un redactor de Deportes, se encargan de las reseñas. Curiosamente un diario que en Cádiz sí utiliza reputados profesionales del sector.

Y he dejado para el último a El Correo de Andalucía, donde muchos de ustedes sabrán que llevé las páginas de gastronomía semanalmente y donde creé, con mi querido Director, Diego Suárez, la revista mensual Tapas y Viajes. Lamentablemente la deriva cuesta abajo y sin freno de este histórico periódico, parece irremisible, más desde que se ha hecho cargo de él, con tan escaso criterio periodístico, la empresa Morera & Vallejo, que va de despropósito en despropósito.

Permítanme, ya puestos a suicidarme socialmente, que le dé un palo también a los profesionales de la hostelería, ese admirado y sacrificado gremio. Ellos también tienen parte de culpa del auge de páginas, blogs y demás panfletos anónimos. Algunos dan más importancia a una chorrada tuiteada mil veces que a un verdadero artículo profesional. Y esto vale también para bodegas y otros tipos de productores, que esperan más del selfie del graciosillo delante de su puerta, que del profesional que se acerca a ellos con todo el respeto y el rigor.

En fin, así lo veo yo y ruego me disculpen los que se hayan podido sentir ofendidos, no es mi intención. Solo quiero determinar y dejar claro cuál es el terreno que pisamos cada uno y, ya saben, mi cara y mi nombre están en todo lo que escribo, para lo que ustedes gusten.