Cuando era pequeño estuve ahorrando, de lo poco que entonces les sacaba a mi abuela y a mis tíos, para un impermeable. Entonces, en aquellos inviernos antiguos y húmedos, empezaron a llevarse, era el auge de los recién descubiertos tejidos sintéticos, esos impermeables plásticos y plegables, azul oscuro, con gorro tipo boina y bolsa a juego, todo del mismo color del mar en Enero.

Rueda de calentitos

Ir al centro, recorrer de la mano de mi madre calles llenas de luces de neón y focos en los escaparates de las tiendas, calles de suelos mojados, botas de agua, bolsas de Galerías Preciados y, en los comercios más pequeños, atentos y atildados encargados que acudían a la voz de las dependientas: ¡Vázquez, repaso!

Como islas en medio del frío que se metía a través del fino plástico, los bares, un murmullo al entrar te acogía con una ola de vapor cálido que olía a serrín, café molido y un indefinible aroma de cosas mezcladas, las colonias de las señoras, el vapor de la leche calentada en el jarro en el vaporizador de la máquina de café, expresso italiano, bollería, pan tostado, mantequilla de la lata de Arias Tascón.

Desde 1904 está el Bar El Comercio en la calle Lineros, entra la Plaza del Pan y Puente y Pellón, zona de trajes de novia, de ropas de comunión, de grandes tiendas clásicas de tejidos, de mujeres de pueblos y barrios cargadas de bolsas. Su nombre lo dice todo y sus horas las marcan los horarios de tienda del centro. Aunque el Bar El Comercio abre más temprano, para desayunar antes de levantar las persianas metálicas.

Como reclamo una rueda de calentitos de los largos, los churros de Sevilla, se expone permanentemente en la puerta. Ventanita para pedir desde la calle y, al entrar, el mundo de taberna antigua, barra larga de madera oscura sobre azulejos publicitarios donde la Manzanilla Mil Pesetas es protagonista, alguna botella queda en los viejos pero muy bien cuidados anaqueles de madera barnizada. Pizarras de impecable caligrafía pregonan desayunos y montaditos de mediodía. Al fondo, el

Montadito de pringá

quiosco del churrero y el salón de mesas, como uno de esos viejos cafés que tanto se echan en falta en la ciudad. Sus finas columnas de fundición soportan el alto techo de vigas de madera, que acoge mesas de tapas de mármol que nos hacen recordar donde trampeaban con letras y un con leche convidado, los personajes de Cela.

Nos miramos en el espejo de Anís Machaquito y recordamos los cuadros del París impresionista, humean los cafés y las infusiones en vasos de Duralex. Un péndulo da la hora puntual, mientras nos miran indiferentes, desde antiguas fotos, flamencos de raza, como Manolo Caracol.

Mantecadito

Si desayunos y meriendas son la especialidad del Bar El Comercio, no desentona su vermú casero para el medio día. Para los incondicionales también se tira Cruzcampo con buen pulso, el que tienen sus camareros de impoluta camisa blanca que da gloria verlos. Dicho queda que hay variedad de montaditos, el de pringá y el mantecadito son ineludibles, pero se hizo famoso el menudo de Doña Josefa, la madre de Paco, Francisco Rivera, el actual propietario, que ahora solo se sirve los sábados, además de las espinacas, carnes a la brasa y un arroz del día.

El Bar El Comercio es historia viva de nuestros bares y de nuestra manera de entender la vida, 103, como la marca de aquel brandy de Osborne, son los años que lo contemplan, y está lleno de vigor y vida, esperemos que siga así por mucho tiempo, y ustedes que lo vean y disfruten

Bar El Comercio

C/ Lineros, 9

41004 Sevilla